Las cosas no son tan diferentes como parecen. De hecho, en esencia, son casi exactas unas y otras. Por eso acostumbrarse a lo bueno no es malo, y viceversa tampoco, porque hay un momento en que de pronto, sin querer, te paras y te escuchas, te escuchas a ti mismo susurrándote al oído. Y la realidad salta de la oreja a la vista y de los ojos al corazón. Algo suena distinto por unos segundos. Algo cruje, algo rechina, pero sólo es algo. Algo tan intangible y tan lleno de sentido que estremece. ¿Cuánto tiempo podrás soportar esa extraña angustia? No es posible dar un par de pasos sin parecer ebrio, desorientado y perdido. En ese momento tus ojos son cuchillos, y quien los mira sabe que tras ellos hay una fuerza brutal.
Pero para ti y para todos es mejor seguir adelante. Y que a través de la risa o del llanto vuelvas a sentirte limpio y descolocado, diciéndote esta vez con más serenidad: “sí, yo también lo recuerdo”.
Francisco Cesteros — Madrid, 14 de mayo de 2012.